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jueves, 23 de octubre de 2014

Diario de una lectora (XV): "Nos han dado la tierra"

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.  
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.  
 Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.


Juan Rulfo, "Nos han dado la tierra", El llano en llamas









Volver a Juan Rulfo por la aridez, volver a Juan Rulfo como volver a la narrativa, Volver a Juan Rulfo porque en Juan Rulfo hay más poesía que en la propia poesía.

Volver a Juan Rulfo porque nos han dado la tierra.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Diario de una lectora (XIV): Lo fugaz de la palabra lúcida. Rafael Barrett



En estos días de trabajo casi prematuro, hay lecturas que abren paréntesis. Echando un vistazo a mi escritorio, veo un libro que lleva ahí desde mayo. A veces, lo hojeo. Así, creo yo, que pide ser leído. Se trata de Reflexiones y epifonemas de Rafael Barrett, una selección realizada por Cristian David López para la editorial Renacimiento. Fue el propio Cristian quien, en los últimos exámenes del curso pasado, me regaló el libro en la biblioteca de la facultad.

Barrett, corresponsal en un Paraguay convulso a principios del siglo XX, nos ofrece pensamientos fugaces y lúcidos. Hoy, con el primer resfriado del otoño, el cansancio y, también, las ganas que siempre trae la melancolía (con esperanza, sin convencimiento), leo:

Si fuimos santos o delincuentes, ¿qué importa? No somos ya lo que fuimos. Nos despertamos otro cada mañana. 




sábado, 30 de agosto de 2014

Diario de una lectora (XI): El elogio de la sombra

Algunos dirán que la falaz belleza creada por la penumbra no es la belleza auténtica. No obstante, como decía anteriormente, nosotros los orientales creamos la belleza haciendo nacer sombras en lugares que en sí mismos son insignificantes.

Junichiro Tanizaki, El elogio de la sombra, Madrid, Siruela, 2010, p. 69.




Me he acercado a El elogio de la sombra de Tanizaki con la esperanza de encontrar el universo de una cultura. Más que eso, la lectura me ha llevado a la sombra, al frío, a lo bello de sus sensaciones. Desde la premisa de que en Occidente nos hemos olvidado de la belleza de la sombra, el autor analiza la importancia de la misma en la cultura y el arte oriental. La sentencia de Natsume Soseki, «el refinamiento es frío», sirve de base. Como el frío, la sombra. Una sombra sin connotaciones negativas, la toma del contraste como valor seguro para la belleza.

En el análisis del arte, las palabras de Tanizaki me han llevado a pensar en varias películas japonesas. Pienso cómo la sombra es algo crucial en Ozu. Por ejemplo, en Cuentos de Tokio (aunque es una película posterior a la publicación de este ensayo), las sombras marcan el aura familiar y el choque temático: las oposiciones tradición/modernidad y valores/frivolidad. En el cine japonés las sombras toman la escena, iluminan los rostros de una forma especial, en un juego que va más allá del que realiza el cine expresionista alemán.






Leyendo el ensayo de Tanizaki estos días de sol y luz, de verano infinito, comprendo y ansío también yo la belleza del frío y la sombra.  «El refinamiento es frío, y algo sucio», se añade después.  Vivo en un lugar donde la sombra y la lluvia son presencias constantes. Sombra y lluvia occidentales, eso sí. He aprendido a apreciar su belleza oscura, a no cegarme con la luz. 

viernes, 19 de julio de 2013

Roberto, a diez años de tu muerte, la realidad sigue siendo literaria



El lunes se cumplieron diez años de la muerte de Roberto Bolaño. Justo ahora que yo acabo 2666, me llega su recuerdo, más que por lo rutinario de las efemérides, por lo que su obra tiene de creación de una escritura necesaria, una escritura de la realidad y por la realidad que nos permite comprendernos y luchar.

En la primera parte de 2666, Liz Norton (la honda Liz Norton, ese personaje rodeado a veces de tanto misterio como el mismísimo Archiboldi), dice algo que viene a ser una reflexión sobre el valor de la palabra como creación de realidades inmensas.  Santa Teresa, «esa ciudad horrible», le hace a la inglesa recordar el momento en el que llama a un amigo de la infancia, Jimmy Crawford, por su diminutivo en un momento inesperado:

vi con los ojos que ahora tengo los ojos que en ese instante tenía, y oí una vez más mi llamada, el timbre de mi voz  la extrema cortesía de una niña de ocho años que llama a un niño de ocho años para advertirle que no olvide su goma de borrar, y que sin embargo no puede hacerlo llamándolo por su nombre, James, o Crawford, tal como es usual en la escuela, y prefiere, consciente o inconscientemente, emplear el diminutivo Jimmy, que denota cariño, un cariño verbal, un cariño personal, pues sólo ella, en ese instante que es un mundo, lo llama así, y que de alguna manera reviste con otros ropajes el cariño o la atención implícita en el gesto de advertirle un olvido, no olvides tu goma, o tu lápiz, y que , en el fondo, no era más que la expresión, verbalmente pobre o verbalmente rica, de la felicidad.1

El fragmento acaba siendo una apología a recordar las cosas por sus nombres. El recuerdo y la felicidad,  la palabra y la felicidad, la palabra y la vida. En las palabras se anclan los recuerdos y por ellas existen.  Más adelante, en la cuarta parte, cuando Santa Teresa se nos rebela definitivamente como «esa ciudad horrible» a la que Norton aludía, y Bolaño les da voz a las mujeres muertas, el autor irá más lejos.

Santa Teresa adquiere en «La parte de los crímenes» la condición de «ciudad escriturada». La literatura se encarga de dar realidad a un hecho condenado al olvido. Como Liz Norton recuerda a Jimmy por ser su diminutivo la «expresión de la felicidad», el lector reconocerá a las mujeres muertas por ser una expresión agónica y desmedida, una realidad que solo la literatura puede abarcar.

Muy acertada es la observación de Andrés Neuman en su blog. En palabras de este, en la «cualidad profundamente agónica» de la escritura de Roberto Bolaño reside la conmoción extrema que consigue.: «Quizá por eso conmueve tanto, hable de enciclopedias o crímenes, de sexo o metonimias», señala el escritor hispano-argentino.

En Bolaño está la escritura necesaria. Es necesaria porque nos da medida de una realidad que no podría existir de otro modo, a pesar de ser la nuestra propia, la que nos ocupa. Por eso la vida solo es real en la literatura, y solo así se puede enfrentar. Entonces, como el mismo narrador chileno decía, tener «el valor sabiendo previamente que va a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura».

Por eso, a diez años de tu muerte, Roberto, la realidad tiene y ha de seguir siendo literaria. Gracias por recordárnoslo.


1 Roberto Bolaño, 2666, Barcelona, Anagrama, 2012, p. 189.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Literatura o star system

Martín Caparrós, con respecto a la Feria de Guadalajara y el estado de eso que llaman literatura dice hoy, en su blog:


...Ahora, en Guadalajara, alguien dice que estos eventos son muy raros. Que ir a una feria como la FIL es como ir a un festival de cine sin entrar a ver las películas, solo las conferencias de prensa. Que es una gran movida montada alrededor del libro donde se venden libros, se compran libros, se contratan libros, se deciden libros, se comentan libros –pero, por supuesto, no se leen libros. En los eventos literarios la obra siempre está un poco más allá, telón de fondo; para vivir en los eventos literarios, los escritores han tenido que desarrollar habilidades que no tienen nada que ver con la escritura: esa acidez, esa dulzura, esa amargura, esa elocuencia, esa capacidad de brindar un buen show. En el congreso, esa forma tan antigua, los escritores se encontraban y discutían, a puertas cerradas, entre pares; en los eventos, tan actuales, los escritores le hablan en público a un público que no está legitimado para contestarles. De horizontal a vertical, todo un trayecto.
No es el único. Lo cierto es que ser un escritor de ahora tiene ventajas muy visibles. Así que se hizo cool, se llenó de chicos y chicas que quieren y que, con tal de serlo, incluso intentan algún libro. Y que los eventos son –junto con premios y subsidios– la base de ese inverosímil star system –aunque sea un star system sin stars– y que, gracias al sistema, hay más parejas multinacionales, pero la circulación de groupies se hace más complicada: duran, si acaso, lo que dura el evento –tres días, cuatro.
Y que, sin embargo, todos estamos muy contentos. 


                                                    *                 *                 *  


Hace un par de años me invitaron a dar una charla en la Cátedra Roberto Bolaño de la Universidad Diego Portales, Santiago de Chile. Era, todavía, un espacio a la antigua: estudiantes y profesores, un monólogo largo y aburrido. Me saqué. Dije, entre otras cosas –y repito:

“Vivimos una época de gran mediocridad literaria, y nos complacemos en ella. No es desagradable. Los menos mediocres de entre nosotros –o quizás debería decir los más-, los que mejor nos adaptamos a esa mediocridad dominante, la pasamos bien. El mercado nos es propicio, nuestros libros mediocres nos procuran ingresos decentes, viajamos a giras de promoción, a ferias donde la prensa nos celebra, los editores nos invitan a restoranes caros, incluso asistimos a encuentros y congresos donde debatimos y enaltecemos lo que hacemos como si fuera literatura, aunque últimamente congresos hay cada vez menos, ahora en su lugar lo que hay son festivales –el libro en la sociedad del espectáculo–; todo lo cual nos da fuerzas para seguir produciendo más libros mediocres. Digo mediocres; quiero decir: sin ninguna ambición más allá de sí mismos. Escribimos libros que hasta pueden ser relatos bien armados, graciosos, estremecedores, sugerentes. Escribimos libros que pueden incluso captar ciertos rasgos del espíritu de la época, que muchos lectores pueden disfrutar, que se traducen en idiomas. Escribimos libros que también pueden incluir giros felices, frases bien ritmadas, estructuras astutas. Pero escribimos libros que sólo quieren ser leídos, que no pretenden más que eso; sobre todo, no intentan cambiar la forma en que se escriben y se leen los libros. 

Nadie o casi nadie pintaría ahora con el trazo de Modigliani o de Picasso. Quizás esto suceda también porque la plástica no tiene mercado sino compradores: para que una obra se venda bien sólo se necesitan diez críticos y un coleccionista, todos muy educados. Para que un libro se venda bien se necesitan miles y miles de televidentes. Pero en cualquier caso nosotros seguimos haciendo lo mismo que hacían nuestros colegas hace 100, 150 años. Si alguien  pintara como Delacroix sería un idiota, alguien que escribe como Flaubert, con la sintaxis y las estructuras de Flaubert, puede ser un muy buen novelista contemporáneo. ¿Qué hace que nuestras novelas pertenezcan a nuestro tiempo y no a cualquier otro? ¿Que incluyan aviones y computadoras, drogas y marginalidad, sexo gay o amores a distancia, lo que sea? ¿Que incluyan ciertos gestos, chistes pop, los ecos suaves de la tele y las grandes disqueras? ¿O que precisamente no parecen de ningún momento? Nada en la forma, nada en la forma, es como si pintáramos una rave con el academicismo gran formato de Jacques-Louis David. ¿Vale la pena escribir para que haya un par de historias más dando vueltas por ahí? ¿O para asegurarse el alquiler de los dos próximos años? ¿O para girar y viajar a festivales? ¿O para que te pongan un micrófono adelante? Supongo que sí, si aceptamos que eso es mediocridad pura, que permitimos que la literatura deje de ser un arte. Que escribimos libros que nunca van a cambiar el modo de escribir libros o de mirar el mundo. Que somos tan honestos y tan prescindibles como buen zapatero.” 

Vamos a los eventos, nos la pasamos bomba: somos casi felices, por un rato.


jueves, 11 de octubre de 2012

Cuando se decide variar lecturas,

es fácil sorprenderse:



«[...]conocimos a chicas a las que nunca se les había ocurrido quitarse la vida. Les servimos bebidas, bailamos con ellas hasta que ya no se tuvieron en pie y después las sacamos a la terraza cubierta. Perdieron los zapatos de tacón alto por el camino, nos besaron en la húmeda oscuridad y después se escabulleron y huyeron corriendo a vomitar recatadamente entre los arbustos. Mientras lo hacían, algunos de nosotros les sosteníamos la cabeza, luego dejábamos que se enjuagasen la boca con cerveza y seguidamente las volvíamos a besar. Las chicas estaban monstruosas con sus vestidos de ceremonia, confeccionados sobre jaulas de alambre. En lo alto de la cabeza tenían sujetas libras de cabello. Borrachas, besándonos o medio derribadas en las sillas, su destino era la universidad, el marido, el cuidado de los hijos, la infelicidad atisbada confusamente. En otras palabras: su destino era la vida».

Jeffrey Eugenides, Las vírgenes suicidas (traducción de Roser Berdagué para Anagrama) 

domingo, 9 de septiembre de 2012

Remedios, la bella

Así, pensando en la belleza a estas horas de la madrugada, me acuerdo de este fragmento de una novela (a la que tengo mucho que agradecerle) y de uno de su personajes: Cien años de soledad y su Remedios, la bella.
Porque la belleza de Remedios, la bella, es algo mucho más profundo, mucho más de adentro. Y eso es lo que me gusta, que su resplandor, su aura, sin saberlo sea como un arcoíris que la inunda y del que no se puede librar:




«A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.

-¿Te sientes mal? -le preguntó.

Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.

-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.

Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.»


Gabriel García Márquez, Cien años de soledad

lunes, 25 de junio de 2012

Luz de agosto, otro dolor lleno de belleza

...y ella dedicada a mirar a todos lados, a ver pasar los postes telegráficos y los cercados como si viese un desfile de circo.

William Faulkner, Luz de agosto


Leer a Faulkner por primera vez. Leer Luz de agosto entre luces diferentes entre sí y tener la sensación de estar viajando, como Lena, desde Alabama hasta Jefferson; o de, como Hightower, observar esa luz infinita del verano sin moverse de casa.


Leer a Faulkner es sentir la soledad y el dolor. También la fuerza de ambos. El dolor de Christmas, Byron, Hightower y Lena es un dolor muy de dentro, un dolor que no deja cicatrices, pero que les pesa como si de una gran carga se tratase. Da la sensación de que no piensan en ella, tal vez sea que no lo hacen o tal vez les duela tanto que algo así nunca pueda mostrarse. Pero, en ese viaje que es su vida, a pesar de todo, también se busca la esperanza. Como Lena, no buscamos a nadie en concreto; sin embargo, si encontramos el lugar, nos quedaremos allí para siempre.




lunes, 12 de marzo de 2012

Todo escribe.

Aquel día. El mencionado, el de la cita con mi amiga Michelle Porte, a quien sólo yo vi, aquel día sin hora exacta, murió una mosca.
De repente el momento en que la miraba eran las tres veinte de la tarde y pico: el rumor de los élitros cesó.
La mosca había muerto.
Aquella reina. Negra y azul.

Aquella, la que yo había visto, había muerto. Lentamente. Se había debatido hasta el último estremecimiento. Y después cedió. Quizá duró entre cinco y ocho minutos. Había sido largo. Fue un instante de absoluto pavor. Y fue la marcha de la muerte hacia otros cielos, otros planeas, otros lugares.
Quería ir y al mismo tiempo me decía que debía mirar hacia aquel ruido en el suelo, para, a pesar de todo, haber oído, una vez, ese ruido de llamarada de leña húmeda de la muerte de una mosca común.
Sí. Eso es, esa muerte de la mosca se convirtió en ese desplazamiento de la literatura. Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar morir una mosca. Tenemos derecho a hacerlo.

(…)

Todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir; todo escribe, la mosca, la mosca escribe, en las paredes, la mosca escribió mucho a la luz de la sala, reflejada por el estanque.


Marguerite Duras, Escribir



Marguerite Duras y su escritura que todo-lo-puede, que sabe que todo-lo-puede.
Duras, mujer, fortaleza y pluma.
Duras plasmando el carácter de voyeur del escritor mejor que nadie.



Si Virginia Woolf hablaba de las mujeres y la novela en Un cuarto propio, Duras escribe sobre la escritura. Sobre la escritura de ver morir una mosca.
Porque escribir la muerte de la mosca es escribir la vida. Tanto Virginia como Marguerite son mujeres peligrosas porque saben escribir la muerte de la vida y, por tanto, porque ni temen a una ni a la otra. Son mujeres peligrosas porque tienen el mejor arma que una mujer puede tener.



Esa soledad del escritor, a la que alude Duras (para la que, dicho sea de paso, es imprescindible un cuarto propio) es lo que hace fuertes a todas las mujeres escritoras. Y también a los escritores, pero probablemente menos.



El ocho de marzo no hice actualización especial para la mujer. Soy mujer todos los días. Como lo fueron todas las grandes mujeres como Duras o Woolf y una larga lista de artistas, científicas, artesanas y, sobre todo, madres. No hay un día de la mujer trabajadora, sino que, siempre es el día de la mujer trabajadora. Fuerza, mujercitas, mujerzotas.

viernes, 14 de octubre de 2011

Memoria de la melancolía

Nos traemos adentro una carga inquietante de gustos y de gestos ajenos que se nos van quedando enganchados. Y es que pasamos, pasamos constantemente sin detenernos entre cosas y gentes que nos cruzan y tampoco se detienen porque van de camino y seguimos andando y apenas nos dejan la manera de sonreír, la frase hecha, la superstición, la manía, el gesto de la mano… A veces así recogemos cosas tontas, basuras, cristales, agua o maravillas. Somos el producto de lo que los otros han irradiado de sí o perdido, pero creemos que somos nosotros. ¡Qué equivocados vamos hacia la muerte! Yo siento que me hice del roce de tanta gente: de la monjita, de la amiga de buen gusto, del tío abuelo casi emparedado, del chico de los pájaros, del beso, de la caricia, del insulto, del amigo que nos insinuó, del que nos empujó, del que nos advirtió, del que callado apretó los dientes y sentimos aún la mordedura… Todos, todos. Somos lo que nos han hecho lentamente, al correr tantos años. Cuando estamos definitivamente seguros de ser nosotros, nos morimos. ¡Qué lección de humildad!


Maria Teresa León, Memoria de la melancolía



(Maria Teresa León, otra heroína de la palabra y, a decir verdad, también del mundo. Su defensa de la mujer, de la cultura y de la libertad y su preocupación por el arte, merecen el mayor de los reconocimientos.
Memoria de la melancolía, además de ofrecer un testimonio muy importante de la vida de los exiliados españoles, está escrito con una belleza infinita. Es imposible sumergirse en él sin los pelos de punta.)

jueves, 8 de septiembre de 2011

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

-Oye, señor pájaro-que-da-cuerda-dijo tras un corto silencio May Kasahara, como si se le ocurriera de repente-. No sé, pero creo que si la gente teme quedarse calva es porque eso les hace pensar en el final de la vida. Es decir, me da la impresión de que sienten que, conforme se van quedando calvos, la vida se les va acabando. Como si se acercasen a pasos agigantados a la muerte, a la destrucción final.
Reflexioné unos instantes.
-Sí, es una manera de verlo.
-Oye, señor pájaro-que-da-cuerda. A veces lo pienso: ¿qué diablos debes sentir cuando te vas muriendo poco a poco, despacio, a lo largo del tiempo?
Como no entendí bien el significado de su pregunta, sujeto al agarradero, cambié de postura y miré fijamente a May Kasahara.
-Ir muriendo poco a poco, despacio… Por ejemplo, ¿en qué caso concreto podría ocurrir?
-Pues, por ejemplo… Pues, en caso de que te hayan encerrado solo en un lugar oscuro, que no tengas nada que comer ni nada que beber y te vayas muriendo gradualmente, poco a poco.
-Seguro que es horrible, y doloroso-dije-. Desde luego no quisiera morirme de esa manera.
-Pero, oye, señor pájaro-que-da-cuerda, la vida ya viene a ser eso, ¿no? ¿Acaso no estamos todos atrapados en un lugar oscuro y nos van quitando la comida y la bebida y nos vamos muriendo despacio, gradualmente? Poco a poco, poco a poco.
Me reí.
-Tú, para la edad que tienes, piensas a veces de manera terriblemente pesimista, ¿no te parece?
-Ese pesi…no sé qué…,¿qué es?
-Pesimista. Significa ver sólo el lado oscuro de las cosas.
-Pesimista, pesimista…-repitió para sí varias veces-. Señor pájaro-que-da-cuerda- dijo luego, alzando los ojos y clavándome la mirada-. Sólo tengo dieciséis años y no sé muy bien de qué va el mundo, pero una cosa sí puedo afirmar con rotundidad: si yo soy pesimista, los adultos de este mundo que no son pesimistas son un hatajo de idiotas.

domingo, 22 de mayo de 2011

Túneles

"En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad da una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado."

Ernesto Sábato, El túnel



(El túnel, obra de contenido complejo pero escrita de una forma hermosa)

sábado, 29 de enero de 2011

Jane Austen

A poca gente quiero de verdad, y de muy pocos tengo buen concepto. Cuanto más conozco el mundo, más me desagrada, y el tiempo me confirma mi creencia en la inconsistencia del carácter humano y en lo poco que se puede uno fiar de las apariencias de bondad o inteligencia.


Jane Austen, Orgullo y prejuicio



Decir que Jane Austen solo habla de amor en sus libros es tirar al suelo a la literatura misma, pisotearla, y después hacer que se levante para decirle que solo trata el tema del amor.
Jane Austen habla de sentir (lo que sea), habla de sociedad, de costumbres absurdas y, sobre todo, habla de mujeres independientes e inteligentes como Elizabeth Bennet que demuestran que en el siglo XIX ya éramos fuertes.

jueves, 20 de enero de 2011

ausencias

Nunca hubiera podido imaginar que una ausencia ocupara tanto espacio, mucho más que cualquier presencia. Y fui consciente de mi gran soledad. Y este conocimiento aumentaba la tristeza que ya había descubierto. Sólo que ahora era mucho mayor.


Ana María Matute, Paraíso Inhabitado



(Grande Ana María, muy grande)

domingo, 2 de enero de 2011

La soledad era esto.

Bueno, pues la soledad era esto: encontrarte de súbito en el mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada. Te han dejado traerte dos objetos (en mi caso, la butaca y el reloj) que tienes que llevar a cuestas, como una maldición, hasta que encuentres un lugar en el que recomponer tu vida a partir de esos objetos y de la confusa memoria del mundo del que procedes. La soledad es una amputación no visible, pero tan eficaz como si te arrancaran la vista y el oído y así, aislada de todas las sensaciones exteriores, de todos los puntos de referencia, y sólo con el tacto y la memoria, tuvieras que reconstruir el mundo, el mundo que has de habitar y que te habita.


Juan José Millás, La soledad era esto