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domingo, 23 de noviembre de 2014

Semana tres de noviembre (II): poesía y realidad

Esta ha sido una semana difícil y convulsa en la prensa y en la política, pero, sobre todo, ha sido una semana marcada por la fotografía de Carmen Martínez Ayuso, terrible retrato de nuestra miseria. Una semana, en definitiva, difícil para las personas. 

Pienso entonces en los poetas, más que en la poesía, en cómo sigue siendo el silencio ante tanta miseria. Pienso en los concursos que se fallan en restaurantes caros, en la vida pública de los poetas, en las fotografías, el dinero. Pienso después en la poesía. Ese discurso que debiera ser la lengua de la verdad y el lugar de la disidencia, cae en los recipientes comunes de la mentira. Eso no es la poesía, me digo. Eso no es la poesía. La poesía no es un panfleto político (tantas veces lo fue); ni una pura, olvidadiza, y limpia dama de la corte (tantas veces lo sigue siendo). No es un lujo. La poesía es el acto descarnado de conocernos, con todo, sobre todo, y contra todo; y, para conocernos, no debemos dejar de mirar afuera. 

Pego aquí, una vez más, esta fotografía que ya es viral, la fotografía de Andrés Kudacki en la que Carmen Martínez Ayuso se sostiene con una mano al marco de la puerta; y con la otra a su bastón, con los ojos cerrados, y una luz en el rostro, y una sombra en lo demás, que podría ser sacada de un cuadro de La Tour. La pego para acordarme siempre de dónde está mi lugar en el mundo, y sobre todo, en qué mundo nace mi poesía.


jueves, 23 de octubre de 2014

Diario de una lectora (XV): "Nos han dado la tierra"

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.  
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.  
 Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.


Juan Rulfo, "Nos han dado la tierra", El llano en llamas









Volver a Juan Rulfo por la aridez, volver a Juan Rulfo como volver a la narrativa, Volver a Juan Rulfo porque en Juan Rulfo hay más poesía que en la propia poesía.

Volver a Juan Rulfo porque nos han dado la tierra.

jueves, 17 de julio de 2014

Valdediós

Mañana a las siete y media en el Monasterio de Valdediós (Villaviciosa) participaré en el recital que cada año se celebra en el mismo enclave. Junto con poemas de la antología Poesía, alma del mundo, fruto del encuentro, leeré otro poema que aún no he acabado de escribir. 

Tal vez nunca lo lograré, pero lo leeré a pesar de todo.  Tiene que ver con Valdediós, con 1937, y también con lo que es para mí la poesía: la defensa más sincera contra el dolor; la puesta de la palabra en el lugar que ha de habitar: la memoria de la humanidad.

Acaso así comprendamos lo que de verdad somos, y sepamos que lo que nos mata será siempre el silencio. 





Y, sí, yo quiero pensar que, pese a todo, la poesía no ha caído en desgracia. 

sábado, 12 de octubre de 2013

El capitalismo lingüístico

Hoy Babelia dedicaba su número al Congreso de la Lengua Española de Panamá. Entre sus páginas se encontraba, como cada domingo, la columna de Antonio Muñoz Molina. Tal vez haya que preguntarse, antes de celebrar congresos, qué hay que hablar cuando se habla de una lengua. Palabras bien certeras son las que escribe el último Premio Príncipe de Asturias de las Letras:

los Gobiernos regionales y Ayuntamientos que le son afines, parecen empeñados en debilitar y hasta eliminar cualquiera de las formas de creatividad y de conocimiento que se hacen en nuestro idioma. Han arruinado los teatros y los cines subiéndoles insensatamente los impuestos. Han castigado a los maestros y a los profesores de la enseñanza pública reduciéndoles los sueldos y obligándoles a dar clase en aulas superpobladas. Han destruido una gran parte del tejido de investigación científica que costó tanto levantar. Han ahogado a las revistas culturales eliminando suscripciones a las bibliotecas públicas, tan castigadas en sus presupuestos que muchas veces ya no pueden permitirse la compra de libros nuevos.  

Yo también miro con desconfianza congresos como el de Panamá. Probablemente hiciera primero falta que los estudios de nuestra lengua estuviesen socialmente valorados, que cuando alguien decide matricularse en una carrera de humanidades no sea mirado con desdén, que leer fuera grabar bien dentro una lengua que es, como dice Muñoz Molina, "fuente de prosperidad". 

En definitiva, que no se convirtiese este bello patrimonio en algo que ha de ser contado y mirado en términos productivos.




(Preciosa ilustración de Ana Juan para el número de Babelia de este sábado)

martes, 8 de octubre de 2013

Muerte y resurrección del Premio Nacional de Traducción y del de Poesía Joven

Ayer se anunciaba la desaparición de los Premios Nacionales de Traducción y de Poesía Joven. Parece ser que hoy se aseguraba que serían convocados. Muchas veces me he preguntado hasta qué punto es lícita en una democracia la existencia de Premios Nacionales. ¿Acaso puede el estado decidir cuál es la mejor novela, el mejor fotógrafo o el mejor poemario...? No lo creo. Sin embargo, parece que su existencia ha servido para impulsar obras que son cruciales en los últimos años de la vida de este país. 

Pienso ahora mismo en los fotógrafos Chema Madoz y Cristina García Rodero; pienso en esa casa para los desheredados que es la de Juan Carlos Mestre; en Javier Marías que rechazó en Nacional de Narrativa. Pienso, especialmente, en los traductores que nos acercaron que nos acercaron la literatura extranjera a quienes no somos políglotas; y en mi paisana Laura Casielles, que ganó el Nacional de Poesía Joven en la primera convocatoria.

No queda muy claro si aún habrá premios o no. Puede que, como todo en este país sea un no después de un sí que antes fue un no que antes fue un sí. Así funcionan las cosas. Tal vez se quiera destacar solo a los caballeros que favorecen a quienes mandan. Tal vez sea hora de olvidar a los que luchan sin espada contra bestias enormes. Soledad extraña la suya, que ya va siendo costumbre.

sábado, 10 de agosto de 2013

Cierre de la librería Santa Teresa (1928-2013)

Acaba de cerrar en Oviedo la Librería Santa Teresa (Calle Pelayo, 17). Una de las más antiguas y emblemáticas de la ciudad.

Cualquier buen lector no puede mantenerse al margen cuando un negocio así echa el cerrojo a sus puertas para siempre. En mi caso, al ver el escaparate tapado con papel marrón me asaltan los recuerdos. Viajo a la mañana en que mi madre me llevó a comprar La vuelta al mundo en 80 días (cuando debía de tener diez años). Por aquellos días yo vivía siempre (ahora vivo con un pie en los dos) en un pueblo a casi cincuenta kilómetros de Oviedo y viajaba a la ciudad cada varios meses. Las visitas eran tan escasas que podía recordar los detalles de cada una de ellas. Creo que de ese día puedo recordar con exactitud cómo el dependiente fue a coger el libro, cómo la librería estaba bastante llena, cómo salí con mi bolsa y con la nueva lectura dentro. Y debe de hacer diez años. Ciertamente, hay cosas que nunca se olvidan. En los últimos dos años he pasado por delante de ella casi cada día. El último libro que compré fue la antología Zurdos. Última Poesía Latinoamericana hace aproximadamente tres meses.

Con el cierre de esta librería se va una parte de todos los que cada vez que pasábamos por delante perdíamos nuestros ojos en el escaparate. No sé si tendrán algo de rincones malditos las tiendas de libros, y guarden en sí por siempre su olor, pero espero que así sea. 

Así se mostraba la librería hace quince días, a punto de cerrar para siempre: 




Así se mostraba el martes de esta semana: 



domingo, 1 de julio de 2012

El cuerpo o la vida. O ambos

Sucede que hay diferentes formas de estar en el mundo. Algunas, como algo dado de antemano, se asumen sin resistencia. Hay cárceles que impiden que se esté en el mundo de otra forma. Luego está el cuerpo.
Entiendo el cuerpo y la enfermedad como límites y a la vez abismos. Límites que, como cárceles nos roban trozos de mundo, condicionando nuestra forma de asumirlo; y abismos en los que, si te dejas caer, podrás elegir por ti mismo en qué lugar quieres estar.
El cuerpo de Gennet Corcuera, la primera sordociega en ser titulada universitaria en España, adquiere la forma del abismo y del pájaro que lo sobrevuela. Ella lo asume como el cisne: se agarra a la belleza y alza el cuello para seguir nadando en este lago. Sostiene la vida con las manos, la toca y eso hace que la comprenda más de lo que quienes no la tocamos, sino que la vemos, escuchamos, tocamos y olemos lo hacemos, al no sabernos portadores de un inmenso caudal de posibilidades.
Mientras leo la noticia de su logro en la calle suena el ruido de otras victorias: España ha ganado la Eurocopa. Yo me digo: hay formas y formas de estar en el mundo, hay formas y formas de enfrentar la vida.

sábado, 9 de abril de 2011

Educar

Tengo muy claro que si alguna vez construyese un ranking a partir de todo aquello que detesto, el rechazo a aquellos que optan por una educación "de excelencia" solo para unos pocos estaría en el podium. Marginar, separar, dividir o seleccionar son palabras cobardes. Crear una educación para todos donde imperen unos valores como la igualdad (y todas esas utopías en las que a menudo caemos los que creemos que hay muchísimo que mejorar), no pasa por separar a nadie, sino por apoyar. Rebuscar en las personas, conocerlas y tirar de ellas para adelante. Si es necesario, empujarlas muy fuerte al vacío de la vida, hacer ver que el conocimiento del mundo es lo que nos define.
Todo el mundo debe aprender a buscar aquella actividad que mejor desempeñe en su vida, sea esta la peluquería, la mecánica, la ingeniería, la medicina, la agricultura, la filosofía, la filología, la enfermería, la biología, la ganadería, la panadería, o cualquier otra imaginable, y tirar con ella hacia adelante. Eso sí, para eso hace falta apoyo y entrega, lo que ni los gobernantes ni los profesores de este país parecen dispuestos a dar.



(A raíz de esto)

lunes, 13 de diciembre de 2010

El otoño prematuro que acecha al mundo rural asturiano

(Si la realidad no me gusta...escribo algo como esto)


La Asturias rural se va muriendo. Dicen que es éxodo rural y lo dejan ahí como si todo el mundo conociese el fenómeno con todo lujo de detalles. Nadie se pregunta por qué el pueblo no garantiza un futuro o lo garantiza a un precio muy alto (recorrer largas distancias cada día por estar lejos del trabajo, la Universidad, los lugares de ocio, vivir aislado durante el invierno, la ausencia de líneas de transporte público). Hay éxodo y el pueblo muere, pero también hay quienes siguen viviendo en él. Hay abuelos (y también jóvenes, aunque cada vez menos) que se anclan a su viejo ecosistema sin que la palabra éxodo aparezca en sus diccionarios.
Mientras la ciudad con su incansable ritmo no para de crecer, nuestros abuelos se aferran al pueblo. Aferrarse al pueblo no quiere decir continuar viviendo en su casa de siempre porque la vida en ella sea fabulosa o fácil. Los modernos de ahora (los que viven en la urbe con todas las comunicaciones a mano, pudiendo subirse a un tren que los lleve a su trabajo cada mañana, sin necesidad de pasar por una hora de coche, y gozando de toda clase de recursos culturales y de entretenimiento para su tiempo libre) incluso se atreverán a decir lo bella que es la vida en el campo oyendo los pájaros cantar y pudiendo relajarse sin ruido. A éstos, a los creadores de la locución «irse al pueblo», alguien que viva en el medio rural sólo les puede responder con una larga (y ancha) carcajada para luego pedirles que frecuenten menos la cartelera americana en los cines. Aferrarse al pueblo es muchísimo más difícil que todo eso. Va mucho más allá de oír los pájaros cantar o ir a pasear sin riesgo de que te atropellen. Aferrarse al pueblo es quedar incomunicados en enero, el duro trabajo en la huerta durante la primavera y el verano, recoger castañas en otoño y asarlas al fuego; para luego volver al duro invierno, pegados a la cocina de leña. Aferrarse al pueblo es apasionarse haciendo todas esas pequeñas (grandes) cosas, pero también es esperar a que alguien se acuerde de que la soledad que inunda a sus habitantes se mueve tan rápido como la vida misma. Aferrarse al pueblo es amar la vida en el pueblo, pero ser ciudadano de un mundo paralelo al urbano al que los ayuntamientos, consejerías y ministerios tienden a olvidar.
Esa soledad pura y envolvente que respiran las personas mayores que viven en los pueblos (e incluyendo en la categoría de pueblo a las múltiples aldeas de cuya posesión Asturias puede presumir) a veces se muestra amable y a algunos abuelos les permite una tregua, no muy grande. Esa tregua son la hora, dos horas, tres, cuatro a todo lo más, que son visitados por una persona que los ayuda, no sólo en los quehaceres domésticos o en sus cuidados, sino que se vuelca en la lucha contra esa soledad a la que están sometidos cada día. Estas personas pican al timbre dispuestas no sólo a trabajar, sino también a compartir un café acompañado con una historia de esas que Asturias no engendrará jamás y a recolectar una sonrisa. Durante su visita, los abuelos se olvidan de que para que llegue el domingo y vean a sus nietos aún quedan unos días; o para que la desaparición de la nieve de la carretera permita bajar a la villa a hacer la compra (en el caso de que aún no sean demasiado mayores); o para que esas castañas calientes que están en el horno estén listas para cenar en este otoño que ha acechado al mundo rural asturiano antes de que estuviese preparado para ello.
Ya que parece (o nos hacen creer) que no existe solución para eso que llaman éxodo sin precisar muy bien lo que es, al menos que llueva menos en este otoño prematuro, que salga el sol en forma de más ayuda a domicilio para los abuelos solos. Y, de paso, que esta crisis que azota tanto al ecosistema urbano como al rural no muestre otra de sus caras largas al quitar al pueblo uno de los pocos beneficios que la Administración le otorga.