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viernes, 1 de noviembre de 2013

Dina Goldstein: Rapunzel calva o la negación de la ficción

Mis mañanas de los sábados comienzan con una película, prosiguen entrando en Tumblr a descubrir artistas, y escuchar después (mientras hago otras tantas cosas) programas de radio retrasados. Hoy no es sábado, pero como si lo fuera. Me acuerdo, ahora que es el momento de ponerme al día, de que  la semana pasada descubrí el trabajo de la fotógrafa Dina Goldstein, llamado Fallen Princesses. 
Buscando información adicional en entrevistas a la fotógrafa descubrí que Dina Goldstein había empezado a pensar en este proyecto cuando su hija comenzó a interesarse por el mundo de las princesas. Al poco tiempo, descubrió que su madre tenía cáncer y le empezó el proyecto ¿qué harían las princesas si tuviesen que descender del cuento y enfrentarse a esos problemas? 
La primera foto que tomó fue la de Rapunzel: una Rapunzel calva por el cáncer, que pierde justo el rasgo de su belleza por el que la conocemos. Después vino una Caperucita obesa consumiendo comida basura en medio de un bosque, una Cenicienta alcohólica, una Pocahontas sola con sus gatos... Otras tantas princesas caídas y deprimidas (tal vez reales). 
Las fotografías interesan por lo que tienen de fantástico y de real a la vez. Goldstein se aprovecha del cuento para desbaratar toda ficción. El arte con su crudeza sepulta todo infantilismo posible, rechaza la ingenuidad y muestra una vida deprimente que nos lleva a una pregunta: ¿nos da este tiempo en que vivimos derecho a la ficción? 









jueves, 3 de octubre de 2013

Diario de una lectora (IV): "Vivir loco"

En este otoño que no viene, montamos un encierro literario y celebramos una fiesta quijotesca. Tal vez para cambiar la realidad o la mente, para cambiarnos a nosotros, o para no cambiar nada. Para no "morir cuerdo".



(La primera ilustración es de Fito Espinosa; la segunda, de Savva Brodski; y el cuadro, de Ramón Aguilar Moré). 

viernes, 19 de julio de 2013

Roberto, a diez años de tu muerte, la realidad sigue siendo literaria



El lunes se cumplieron diez años de la muerte de Roberto Bolaño. Justo ahora que yo acabo 2666, me llega su recuerdo, más que por lo rutinario de las efemérides, por lo que su obra tiene de creación de una escritura necesaria, una escritura de la realidad y por la realidad que nos permite comprendernos y luchar.

En la primera parte de 2666, Liz Norton (la honda Liz Norton, ese personaje rodeado a veces de tanto misterio como el mismísimo Archiboldi), dice algo que viene a ser una reflexión sobre el valor de la palabra como creación de realidades inmensas.  Santa Teresa, «esa ciudad horrible», le hace a la inglesa recordar el momento en el que llama a un amigo de la infancia, Jimmy Crawford, por su diminutivo en un momento inesperado:

vi con los ojos que ahora tengo los ojos que en ese instante tenía, y oí una vez más mi llamada, el timbre de mi voz  la extrema cortesía de una niña de ocho años que llama a un niño de ocho años para advertirle que no olvide su goma de borrar, y que sin embargo no puede hacerlo llamándolo por su nombre, James, o Crawford, tal como es usual en la escuela, y prefiere, consciente o inconscientemente, emplear el diminutivo Jimmy, que denota cariño, un cariño verbal, un cariño personal, pues sólo ella, en ese instante que es un mundo, lo llama así, y que de alguna manera reviste con otros ropajes el cariño o la atención implícita en el gesto de advertirle un olvido, no olvides tu goma, o tu lápiz, y que , en el fondo, no era más que la expresión, verbalmente pobre o verbalmente rica, de la felicidad.1

El fragmento acaba siendo una apología a recordar las cosas por sus nombres. El recuerdo y la felicidad,  la palabra y la felicidad, la palabra y la vida. En las palabras se anclan los recuerdos y por ellas existen.  Más adelante, en la cuarta parte, cuando Santa Teresa se nos rebela definitivamente como «esa ciudad horrible» a la que Norton aludía, y Bolaño les da voz a las mujeres muertas, el autor irá más lejos.

Santa Teresa adquiere en «La parte de los crímenes» la condición de «ciudad escriturada». La literatura se encarga de dar realidad a un hecho condenado al olvido. Como Liz Norton recuerda a Jimmy por ser su diminutivo la «expresión de la felicidad», el lector reconocerá a las mujeres muertas por ser una expresión agónica y desmedida, una realidad que solo la literatura puede abarcar.

Muy acertada es la observación de Andrés Neuman en su blog. En palabras de este, en la «cualidad profundamente agónica» de la escritura de Roberto Bolaño reside la conmoción extrema que consigue.: «Quizá por eso conmueve tanto, hable de enciclopedias o crímenes, de sexo o metonimias», señala el escritor hispano-argentino.

En Bolaño está la escritura necesaria. Es necesaria porque nos da medida de una realidad que no podría existir de otro modo, a pesar de ser la nuestra propia, la que nos ocupa. Por eso la vida solo es real en la literatura, y solo así se puede enfrentar. Entonces, como el mismo narrador chileno decía, tener «el valor sabiendo previamente que va a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura».

Por eso, a diez años de tu muerte, Roberto, la realidad tiene y ha de seguir siendo literaria. Gracias por recordárnoslo.


1 Roberto Bolaño, 2666, Barcelona, Anagrama, 2012, p. 189.

domingo, 23 de junio de 2013

La enfermedad, Amadís de Gaula y la ficción más certera

Tal vez sea  la sinusitis que vengo arrastrando desde hace unas semanas la que hace que la realidad adquiera otra dimensión. Probablemente tengan razón esos que dicen que cuando mejor se asimila la ficción sea cuando uno está en la cama, bajo los efectos de la enfermedad. Sea como sea, aprovecho estos momentos para sumergirme en las grandes novelas, en esas que uno siempre deja, por su extensión, para el verano (o para la enfermedad). 

A poco que se sepa de historia de la literatura uno puede saber que la ficción nunca fue tan real como en el momento en que Garci Rodríguez de Montalvo recopiló los materiales para escribir, en aquel otoño de la Edad Media, Amadís de Gaula. Por entonces la ficción se buscaba como a una certeza mayor que la propia vida. Entonces aparecían, junto a lo sobrenatural, detalles como los afectos, como los roces de las manos, como la guirnalda que se ponía la mujer del cabello hermoso. En definitiva, en las novelas de caballerías, realidad y ficción formaban un solo plano. El mundo no se reproducía, sino que un mundo propio emergía por sí mismo de las ruinas del otro. Y, así, la ficción se encargaba de darle seguridad al hombre en un mundo que era de todo menos seguro. 

Tal vez sea estar en cama, me digo. Tal vez sea eso lo que me haya hecho adentrarme en el libro de caballerías por excelencia, ese que llevó a que un hidalgo de la Mancha luchase contra todo para ser un caballero. Tal vez, en esta coyuntura social, hoy, con este dolor de cabeza infernal, la inventiva tampoco tiene límites y por eso nuestra única protección es la certeza de que detrás de las cortinas está escondida Urganda la Desconocida.

lunes, 31 de diciembre de 2012

2012, pero no el fin del mundo

Leí a Carlos Fuentes, a Faulkner, a Martín Gaite. Leí a Blanca Andreu y quise vivir en un chagall. Descubrí, como el mayor tesoro, a Juan Carlos Mestre. Releí a Gabo y a Borges, a Sylvia Plath, a Saramago porque... ¿qué es leer sino releer?

Llegaron a mí poetas como Luisa Castro, Julia Uceda, Paca Aguirre o Ángela Figuera Aymerich y su belleza cruel. Las llamé mujeres y las llamé peligrosas porque así son las mujeres que saben y escriben pero, sobre todo, así son las mujeres que caen en el olvido. 

Descubrí propuestas como la de Raúl Zurita que hicieron que la poesía tuviera sentido entre tanta farándula y tanto star system. Conocí a poetas jóvenes; critiqué a algunos, pero insistí en el  el futuro que tienen las voces de otros por delante.

Murió Szymborska, de quien nadie se acuerda en los resúmenes de año. Murió Lèdo Ivo, de quien tampoco. Murió Tabucchi y yo leí Sostiene Pereira, una novela imprescindible. 


Vi tocar el piano a Michael Nyman y lloré al recordar a slow walkers que ya no están. Si tenía conciencia, cada vez se hizo más necesaria, porque como decía Cortázar la cara verdadera de los ángeles es el zapato entre la mierda.Viajé y hablé de los sueños desde Calton Hill y soñé con una casa en Dean Village donde escribir muchos poemas, porque la poesía es un instante que recuerda y este año (si aún no lo había hecho ya) comprendí que lo que queda en la memoria es inescrutable. 

Iba a acabarse el mundo, pero no. Así que les deseo un hermoso 2013, aunque a muchos lo de medir la vida en años no nos convenza demasiado.



jueves, 21 de junio de 2012

Light in August

Leer a Faulkner por primera vez. Leer Luz de agosto entre luces diferentes entre sí y tener la sensación de estar viajando, como Lena, desde Alabama hasta Jefferson, o de, como Hightower, observar la luz infinita del verano desde casa.

Leer a Faulkner es sentir la soledad y el dolor. También la fuerza que ambos tienen. El dolor de Christmas, de Byron, de Hightower, o Lena es un dolor muy de dentro, un dolor que no deja cicatrices, pero que les va pesando como una gran carga. Da la sensación de que no piensan en ella, tal vez sea que de verdad no lo hacen o tal vez les duela tanto que nunca pueda aparecer en la superficie. Pero, en ese viaje que es su vida, a pesar de todo, también se busca la esperanza. Como Lena, no buscamos nadie en concreto (ni nada); sin embargo, si encontramos el lugar, nos quedaremos allí para siempre.

lunes, 14 de noviembre de 2011

(La ficción salió del libro y se sentó en el sofá.)

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.



Julio Cortázar, "Continuidad de los parques"

miércoles, 27 de abril de 2011

"El que no inventa, no vive"

Por lo menos, sino escribir, leer y/o conocer otras historias es imprescindible para la existencia humana. Una de las peores condenas es la que se impone a aquellos que no se sumergen en otras tristezas, otras alegrías, otras emociones, en definitiva. Aquellos que viven plenamente encerrados en las suyas propias nunca alcanzarán la felicidad, esa palabra que da tanto miedo. Las palabras que van uniéndose formando cadenas que encontramos y acabamos admirando, nos ayudan a seguir. Sin sumergirnos en ficciones, anclados a la realidad, no avanzaríamos en este camino escabroso y lleno de barro que tenemos delante.
Gracias por librarnos, mejor que nadie, de esa condena, Ana María.



(Hoy Ana María Matute recibía el Premio Cervantes)