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domingo, 16 de diciembre de 2012

Reescrituras: profetizar la muerte

Iré, blanco, en la caja de negro terciopelo,
–una inequívoca tarde de cielo azul y brillo
de elegía–, podrido bajo el cristal del cielo,
a una música triste de metal amarillo…

Saldré al sol de los campos por la verde calleja,
y la serena brisa de la ciudad doliente
recogerá tan sólo, en una plaza vieja,
el chillar de unos pájaros y el bullir de una fuente.

Después vendría los niños… Y el cristal pensativo
reflejará un ocaso de claridades bellas,
y surgirá, al crepúsculo, un mundo limpio y vivo
bajo el temblor de plata de las blancas estrellas…

Juan Ramón Jiménez, «Elejías lamentables» (XXI), Elejías




***




Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.


Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.



César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro



también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...


César Vallejo, «Piedra negra sobre una piedra blanca»





***





Nos encontraremos en un lugar en el que no hay oscuridad 
 George Orwell 

 He imaginado siempre el día de mi muerte.
Incluso en la niñez, cuando no existe.

 Soñaba un fin heroico de planetas en línea.
Cambiar por Rick mi puesto, quedarme en Casablanca
sumergirme en un lago junto a mi amante enfermo
caer como miliciana en una guerra
cuyo idioma no hablo.
 Siempre quise una muerte a la altura de la vida.

 Dos mil cincuenta y nueve.
Las flores nacen con la mitad de pétalos
ejércitos de zombis ocupan las aceras.
Los viejos somos muchos
somos tantos
que nuestro peso arquea la palabra futuro.
Cuentan que olemos mal, que somos egoístas
que abrazamos
con la presión exacta de un grillete.

Estoy sola en el cuarto.
Tengo ojos sepultados y movimientos lentos
como una tarde fría de domingo.
Dientes muy blancos adornan a estos hombres.
No sonríen ni amenazan: son estatuas.
Aprisionan mis húmeros quebradizos de anciana.
No va a doler, tranquila.
Igual que un animal acorralado
muerdo el aire, me opongo, forcejeo,
grito mil veces el nombre de mi madre.
Mi resistencia choca contra un silencio higiénico.
Hay excesiva luz y una jeringa llena.

Tenéis suerte, mi extenuación aúlla,
si estuviera mi madre 
jamás permitiría que me hicierais esto.


Raquel Lanseros, «2059», Croniria

2 comentarios:

  1. Gracias, Juan Antonio. Me gusta mucho esto de juntar cosas parecidas que dicen los artistas y que siempre andan por la cabeza de una también.

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