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lunes, 28 de mayo de 2012

El silencio

Necesito silencio. Y no sólo para escribir. Necesito silencio para vivir. Para decidir qué voy a comer, para comer, para lavarme, para andar por mi casa, para ordenar papeles, para mirar por la ventana… Hay quien me oye decir esto y piensa que exagero, que me dejo llevar por la histeria. Y que no es normal. Los amigos suponen que se debe a que extiendo mi necesidad de silencio para las labores literarias a todos los demás ámbitos de la existencia. Y quizá tengan razón. El caso es que no entiendo el ruido. No lo comparto. No me gusta. Me deprime, me paraliza. Así pues, y siguiendo la moda de las etiquetas, tendré que decir que me estoy haciendo ruidofóbica.
De ahí la proliferación de auriculares de encima de mi mesa. Porque para no sufrir los ruidos externos, oigo música (truco inútil casi siempre) y porque, cuando oigo música, la oigo yo, no todo mi entorno. También aquí, en el lugar en el que se ubica este cuarto, hay interrupciones, y, aunque pudiera parecer que no, viendo al perro tan dormido, el sillón tan vacío, la mesa tan desierta, lo cierto es que la casa tiene sus propios invasores y a veces me sorprendo saliendo al exterior, de día o de noche, llueva o no, con la idea de intentar averiguar qué está sucediendo en la calle o en el tejado, si es que una bandada masiva de pájaros en busca de hogar ha decidido llenarlo de ramas y hojas y crías. Pero cuando trabajo aquí, al menos, no tengo que soportar los pateos de los niños del piso de arriba o el eterno taconeo de su madre, que grita para que la oigan los hijos maleducados de todo Madrid. Aquí, al menos, las interrupciones proceden del perro que aúlla cada vez que suenan las campanas o del vecino que pasa y grita.
En cualquier caso, los crujidos de la casa molestan poco. Lo que me anula es el ruido injustificado, el gratuito. Los sonidos no identificables ni individualizables están ahí, sin más, y con ellos he podido escribir relatos en las escaleras de una iglesia, a la sombra de un árbol, en bibliotecas, en cafeterías, en trenes y en playas, debajo de una sombrilla.
Sigo idealizando lugares, pero cada vez menos. Será por la experiencia de haber intentado escribir ya en unos cuantos. Así, cuando paseo por las fotografías de las casas de otros escritores, me digo, mientras las estudio con pudor, que Virginia Woolf pasaba frío en su cabaña del jardín de Monk's House, que lo mismo a Iris Murdoch le habría gustado tenerlo todo un poco más limpio, y que a Marguerite Duras le dolía la espalda cuando escribía sobre una mesa redonda. Y, ahora, con la misma turbación con que descubro los lugares privados de los demás, muestro el mío, con esa inquietud que acallo pensando que, en realidad, sólo hay en esta fotografía un par de elementos, que no revelan gran cosa. Esa pantalla de ordenador, tan reflectante, no puede expresar mucho de las miserias y heroicidades que se producen a cada minuto ante ella ni, incluso, entre las líneas escritas y guardadas en sus archivos de Word.
Cada vez estoy más convencida de que no existe el emplazamiento perfecto. Y me he centrado en el silencio. Pero podría haber descrito cómo se levanta de vez en cuando mi perro del suelo para mirarme largamente, porque se aburre a mi lado, o cómo inciden los rayos del sol al atardecer sobre la mesa de madera, hasta casi deslumbrarme.



Texto y foto de Pilar Adón


Inmediatamente después de haber leído este texto de Pilar Adón en Proyecto Escritorio (un blog que muestra los lugares donde escriben escritores jóvenes, viejos e inmortales) no pude evitar identificarme. Porque yo, para escribir o para vivir, también prefiero oír al
"perro que aúlla cada vez que suenan las campanas o del vecino que pasa y grita".

De Pilar Adón decir que es poeta, narradora y traductora, entre otras cosas. Les recomiendo que lean su poesía. Aquí tienen algunos de sus poemas.

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